Los niños…

Los niños… son seres profundos y mágicos, son grandes maestros de la vida, de la alegría, del amor.

AGRADECIDA, esa es la palabra que envuelve mi experiencia cada vez que un niño o una niña se encuentra conmigo, y yo con él o ella. Ese ¡Ajá! de la vida, sin porqués, cuandos, ni comos. Nada de eso, ni siquiera para qués. Me siento profundamente agradecida a los niños. No puedo obviar cada cosa que aprendo con el simple acto de observarles. Y envidio su PRESENCIA innata, su SER, su impronta. No aparentan, no buscan gustar, y se mantienen en su estado más genuino, si los adultos lo permitimos.

Me siento cansada. No puedo más. Tanto luchar y esperar de la vida. Tanto exigir y juzgarme, una y otra vez, acumulando daño y sufrimiento. Olvidandome del amor, del momento en que “ME ASOMBRO” un instante con lo más pequeño y más grande al mismo tiempo. Esos ojos de niña que brillan de infinita genuidad, placer y dicha.

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